Cultura

El encanto de la A

Roger Vilain
Escrito por Roger Vilain

Quizás por eso la primera letra del abecedario se da la mano con los orígenes. Ella empalma con la niñez, con el inicio de la vida, con esos tiempos donde el espacio borroso de lo que apenas comienza nos marca y se abre como una flor. A es la letra que siempre, sin excusas, sin ausencias por ningún motivo, está presente en las portadas de todas las cartillas infantiles. Por algo será.

Es la A quien hace de las suyas en el cántico que mil y una veces navegaba de boca en boca al sonar el timbre del recreo: “a, e, i, o, u,  el burro sabe más que tú”. Alta y espigada, como empinándose para medir el horizonte que la niñez tiene enfrente, la A termina siempre por colarse y aparecer ahí, única, primera de la fila. O minúscula e informal, ahora la a, en su circularidad y  baja estatura, guarda todo el parecido del mundo con una pelota, mundo en sí misma, pozo de sueños donde cabe un niño africano, pemón, sueco o taiwanés.

Asocio a la A con un termómetro. La A dando brazadas en la cucharada de algún medicamento para la tos. La a, pues, en boca del doctor pidiendo decir aaaaaaaaaaaa mientras hurgaba en mi garganta con una extraña linterna. Era de lo más incómodo ese alargamiento forzado, con olores que mudaban como si nada del alcohol al yodo, de esta medicina a esta otra, una especie de pronunciamiento contra los males venidos y por haber, contra el dolor de cabeza o de muelas, contra el asma o la fiebre o la parotiditis. Aaaaaaaaa era eso, un estiramiento inquietante, mágico, fantasmagórico. Aaaaaaa olía por completo a consultorio.

En ese umbral que se va haciendo más nítido entre la infancia y la adolescencia la A se transforma en un caleidoscopio, sus significaciones se matizan como nunca, cobra otras fisionomías a fuerza de años: una A ya no es la misma A. Metáfora lingüística del universo, supone la prueba letrada en la que el mismo Horacio ve confirmada su sentencia. La A por fin descubre la verdad de cuanto vamos siendo: “no nos bañamos dos veces en el mismo río”. La A, como la vida, es una y es otra, es una y es muchas, y a veces es una y es ninguna.

Esta letra se las trae. Me cae bien desde pequeño, es una grafía con historia, con personalidad. La A ha sido testigo del acontecer, ha estado presente en la paz y en la guerra, en lo mediocre y en lo extraordinario. Empezando por la idea de amor, mire cómo la A despunta y lo inaugura. Amor, vida, orgasmo, macho, hembra, arte, la A, qué duda puede caber a estas alturas, guarda en su memoria lo que hemos sido y lo que somos.

De la A dice el diccionario: “Primera letra del abecedario y primera de las vocales./Denota el complemento de acción del verbo./Indica dirección, término, situación, intervalo de lugar o de tiempo.” Qué referencia tan simplona, qué definición tan asfixiante. Como para salir espantado. Esta letra es un mundo, claro, ancho, profundo, cambiante. ¿Qué seríamos sin su existencia?


Roger Vilain


 

 

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Columnista

Roger Vilain

Roger Vilain

Licenciado en Letras (ULA), Magister Scientiae en Filosofía (UCAB). Investigador del Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes de la Universidad de Guayana. Autor de diversos trabajos especializados publicados en revistas nacionales e internacionales.