Política

Morir de mengua en un país menguado

RAFAEL MARRÓN G.
Escrito por RAFAEL MARRÓN G.

“Morir de mengua” es una expresión que había desaparecido del argot popular venezolano, porque “mengua” significa “escasez, carencia”, sin embargo ha renacido con bríos inusitados y ya es común incorporar a las causas de muerte en Venezuela, la mengua, en el país con las más altas reservas petroleras del mundo la gente que define cabalmente el concepto de patria, se muere de mengua, así fue el caso de mi primo Wilfredo Alejandro Barreto Peña, quien falleció en Puerto la Cruz, el 8 de diciembre, con apenas 25 años, porque no se consiguió el antibiótico requerido para una neumonía que lo afectó. “Se murió de mengua, me dijo la prima” que me dio la noticia. Pero para Maduro “esas son cosas que pasan”. Y para los destinistas, “llegó su hora”. Y ya. Caso cerrado. Y la procesión continúa. Poco a poco la población va encogiendo sus estándares de vida para ajustarlos a la realidad impuesta por la estupidez. – Qué le vamos  a hacer. Si no hay pan bueno es casabe, que también no hay. – Hay que sembrar maticas de acetaminofen. – Cuando yo estaba chiquito no había pañales desechables. – Dios lo querría en el cielo. Y la rebeldía se estrangula en las mandíbulas apretadas de la impotencia. Mientras los generalotes que sustentan al régimen gozan una ola y parte de otra. ¿De qué se ríe señor ministro? ¿Acaso del sufrimiento de mengua de los enfermos crónicos por  falta de medicamentos e insumos en los hospitales, que sume en la desesperación a los familiares condenados a ser espectadores del dolor de sus hijos y padres que se deterioran de mengua ante sus ojos, por la atroz crueldad de los venezolanos de primera generación sin vínculos genéticos con la venezolanidad, que, sin concepto de nación, se apoderaron del poder en este país apoyados por la codicia uniformada? Y así la mengua alcanza a los niños de los barrios más depauperados por la pobreza de mengua propiciada por aquel desquiciado moral que en mala hora, como un furúnculo en las axilas, le nació a la Patria de Bolívar, cuyo estado homónimo es, tal vez, el más desolado de América Latina, que presenta “la más perturbadora imagen de la pobreza”, en el cual las muertes por desnutrición, es decir de mengua, aumentaron en un 60%. Y a ese dolor la mengua suma la indignidad con los fallecidos a quienes se niega el derecho a un entierro decente porque la mengua no tiene con qué. Pronto la mengua traerá de vuelta “El cajón de las ánimas”, de Héctor Guillermo Villalobos. En mengua está el orgullo sobajado en una cola para una bombona de gas o una bolsa CLAP. Tarajallos en la mejor edad productiva semidesnudos y encholados a las diez de la mañana haciendo una cola para obtener su cuota de migajas.  En mengua hasta la hombría que delega al gobierno, a cambio de su sumisión, la manutención de su familia. En mengua la autoridad, el pacto social, la libertad y la democracia. En mengua la decencia y la urbanidad. La sensatez y la coherencia y la lucidez en el albañal. La población sumida en el pensamiento estúpido, dividido entre saqueadores delictivos y cretinos, estos los que apoyan la operación “precio justo” artificial del gobierno ayudándolo a quebrar los supermercados que los abastecen, ambos condenados a pan para hoy hambre para mañana. Menguado el respeto internacional por la representación nacional. Menguada también está la seguridad personal, de ella murió el propio 1º de enero, el doctor Pablo Asuaje, de 44 años, y herida su esposa, para despojarlos del vehículo, porque en este solar menguado, que una vez fue una república soberana y perfectible,  la propiedad privada ha sido abolida tácitamente, las cosas no son del dueño sino de quien tenga la pistola. De Maduro o de un malandro. Un país menguado por la mengua de sus servicios públicos, de su productividad, de sus sistemas educativos y hospitalarios, en el cual el estudio y el trabajo como fuente de crecimiento personal están en mengua, más vale un bachaquero que un ingeniero. Y es espeso el miedo compartido ante la brutal inflación que implacable se abate  sobre la supervivencia, derivada de la estupidez histórica de esta maquinaria de fabricar miseria, que no entiende que lo que importa es el poder adquisitivo y no el monto del salario, ni que el valor de los bienes depende en forma estricta de la escasez, cosa que hasta Cervantes sabía: “Es sabido que cuando hay abundancia las cosas no se aprecian, pero cuando faltan se estiman en algo”. Pero ¿quién discute con esquizofrénicos armados de fusiles y fábricas de leyes y billetes, que llegan al extremo de sostener que “el éxito del nuevo salario no se mide con lo que se puede comprar sino con la paz del país’? Lo único que no mengua es la desorbitada corrupción. Tampoco mengua el narcotráfico ni el abuso de poder. Ni el asalto a las libertades públicas. Ni la arrogancia de los culpables. Ni, por supuesto, la idiotez en materia económica. Pero, para su inquietud, tampoco merma la arrechera que el hambre y la injusticia prodigan y que los amenaza con un in crescendo ¡sale pa´llá, nojoda!

Cuánto duele haber tenido razón

Me tocó jugar el papel de Casandra durante más de veinte años, revelar la cruda verdad sobre el destino del país en manos de aquel irresponsable flautista inescrupuloso, a una población  cegada por los destellos fatuos del verbo seductor de las almas viles y de las mentes dúctiles. Pero, a pesar de estar viviendo una película, ni de lejos llegué a presentir esta devastación, ni la mente más inquisitiva podía prever el alcance de la ruina a la que estábamos condenados por la equivocación popular más devastadora de la historia de la humanidad.

 

Amanecer sin Norma

Y así, en esta hora menguada de la patria, Ciudad Guayana amaneció sin Norma. Se marchó en sigilo, casi con el año viejo, sin despedirse de su audiencia. Un súbito silencio se coló Entre líneas. La pantalla titila con líneas zigzagueantes en blanco y negro. Su luto por Norma. He perdido ya tantos amigos que tengo más nombres en el cementerio que mi guía telefónica. Esa es la soledad. Los nuevos amigos convierten en anécdotas lo que fueron vivencias vitales compartidas. En Radio Sur, por ausencia del operador, muchas veces le serví de tal, para que su programa Opinión saliera al aire de 7 a 8 de la mañana. Y luego nos sentábamos en un café, en el cual nos sorprendía la hora del almuerzo, por el desfile de admiradores que se acercaban a saludarla y se quedaban tertuliando. Fuimos amigos por tantos años que parecía que iba a ser para ese siempre que la muerte suele disolver en un destello. La noticia de su fallecimiento, súbito, inesperado, en fecha de su devoción, me dejó estupefacto y lleno de interrogantes. Apenas unas semanas antes habíamos conversado por teléfono sobre el bautizo de mi último libro y me transfirió a Bladimir Cabello para la entrevista. Nada en su voz reflejó el mal que la embridaba hacia la muerte algunos días después. Era Norma. La misma que en su programa de TV me llevó a conversar sobre poesía, la familia y los sueños que disipa la realidad. Conservo la grabación. Fue el 7 de abril de 2017. Todos los años la llamaba para darle el Feliz año. Este 31 no respondió.


Rafael Marrón G.  –  @RafaelMarronG


 

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RAFAEL MARRÓN G.

RAFAEL MARRÓN G.

Escritor. Columnista. Productor radial