Política

La revolución del entusiasmo

Rafael Marrón G.
Escrito por Rafael Marrón G.

En este, nuestro país, hacen falta varias revoluciones, pero humanistas, no famélicas. La revolución de la verdad, de la autenticidad, de la responsabilidad, de la inteligencia, de la voluntad, del entusiasmo…

Por influencia de las religiones se considera verdad solamente a la especulación teológica o supersticiosa, por lo que se limita a la perogrullada de señalar que nacemos y morimos desnudos, todo lo intermedio es absurdo, falaz, vanidad y pura vanidad, cuando la verdad, en su síntesis autenticidad, es la única forma de existir sin contradicciones ni mitos ni creencias abominables como la descrita que niega la condición histórica ascensional y evolutiva del hombre por el cultivo y desarrollo de sus facultades mentales.

Necesitamos asumir la verdad como un asunto científico, que en ese campo es la ausencia de contradicciones. Escucho opinar que cada tiempo tiene su verdad, lo que es incierto, pues la falta de base científica ha sido la causa de especulaciones que han privado sobre la verdad, como es el caso de asegurar que la tierra era una superficie plana, sostenida por cuatro elefantes que nadaban en un mar de leche. Esa estupidez nunca fue verdad, así haya sido sostenida por los siglos de los siglos, la tierra fue como es hoy, era la ignorancia la que tenía como verdad una mentira.

Acepto que solo la verdad nos hará libres, pero esa verdad liberadora está en la autenticidad, en reconocer las fallas de la estructura social, como la ignorancia y la codicia, y hacerlas evidentes para los afectados, para corregirlas o asumirlas como una falencia inevitable que el sujeto como individuo tiene que admitir con las consiguientes consecuencias, porque es necio, y una pérdida de tiempo, pedir peras al olmo. Y lo que natura no da no lo gradúa Salamanca, para graficar con el producto de la experiencia popular.

Porque somos individuos, terrícolas, del reino hominal, sexuados, y racionales, por lo tanto es en nuestras manos donde está la solución a conflictos, desviaciones y carencias. Un individuo, es decir, una célula particular que concentra genética, cultural y socialmente especificidades irreproducibles, solo puede ser considerado adulto por su grado de responsabilidad con las consecuencias de sus decisiones. Una persona auténticamente adulta razona sus acciones desde la perspectiva histórica.

Pero hoy tenemos una sociedad integrada mayoritariamente por aduldolescentes, sujetos amorales, dependientes, envidiosos, irresponsables, egoístas, sin voluntad pero codiciosos, cuyas decisiones, que les proveen satisfacciones inmediatas, lesionan a terceros y a su propia historia. Eso explica el auge de la delincuencia y de la corrupción, porque sus resultados proveen código de acceso social, por el deslumbramiento, ya que la sanción moral, que es la que debe privar, se focaliza en ser descubierto y no en la acción, porque la sociedad conspira contra sí, al privilegiar, con su aceptación acrítica, el desplante grosero de lo mal habido, que ha generado la sospecha de inescrupulosidad en toda fortuna, calificación injusta para la nobleza implícita en el resultado económico del esfuerzo productivo, cuyo camino es más largo pero más eficiente y pulcro. Las cosas comenzarán a cambiar cuando un hombre con solvencia económica producida por la honestidad, le grite a un deshonesto adinerado: ¡sale pa’ llá, no me siento con corruptos!

La inteligencia sin probidad es astucia

La inteligencia es un don excepcional que, si está acompañada de voluntad y entusiasmo, debe producir bienestar personal por reconocimiento social, porque el pensamiento, es decir el producto de la razón, se beneficia beneficiando, por ello debería ser tajantemente definida, sin conmiseración, pues es un insulto su confusión con la astucia que, al ser inteligencia sin probidad, se beneficia perjudicando -el estúpido perjudica aunque se perjudique y el ingenuo beneficia perjudicándose- pero logra mimetizarse con la inteligencia y alcanza elevadas posiciones, a través de mecanismos como la adulancia y el servilismo, sobre todo en el campo político en el cual destaca por sus deplorables resultados, y es dañina por carecer del aditivo moral de la responsabilidad. Y no hay filtro para esta anormalidad que condena a la inteligencia a sufrir las penurias del igualitarismo educativo incapacitado para separar el grano de la paja, aunque en el transcurrir de la vida se encarga de otorgar a cada quien su justo lugar en la historia, pues el tiempo es un océano en el cual solo flota la verdad.

Por ello insisto en que las universidades deben asumir el compromiso social de imponer la lógica formal como materia privativa para obtener cualquier título universitario de nivel superior, para ir adecuando nuestra sociedad a la moral de la responsabilidad, consigo y con los suyos, por lo menos en el campo profesional que genera mimetismo social, única vía posible para el progreso por el imperio de la razón.

El entusiasmo: carburante de la voluntad

La inteligencia sin voluntad se disuelve en la abúlica intrascendencia del dejar para mañana, pero también la voluntad, como decisión reflexiva, sin entusiasmo genera mediocridad. Así que es necesario para todo proceso productivo, de la índole que sea, incorporar a conciencia plena, con el sentido de convicción energética, el ingrediente entusiasmo, que es el carburante que lleva la inteligencia dar lo mejor de sí para buscar lo más cercano al ideal de la perfección. Por eso rechazo lo artesanal, que es ausencia de concepto, producto popular caracterizado por lo inacabado, inarmónico, desafinado, tosco. Frente a esta nulidad se eleva el arte como producto del entusiasmo del pensamiento sublime.


Rafael Marrón G.  –  @RafaelMarronG


 

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Rafael Marrón G.

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Escritor. Columnista. Productor radial