Política

Estimado Don Simón…

Rafael Marrón G.
Escrito por Rafael Marrón G.

Hoy, ilustre compatriota, estarías cumpliendo 232 años de edad, y te imagino, entonces, inmerso en estos adelantos comunicacionales que tanto te hubieran facilitado la vida en campaña, sin embargo el motivo de mi correspondencia no es tanto para felicitarte como para informarte que tenías mucha razón – cualidad que por cierto le falta en demasía a los usufructuarios actuales de tu pensamiento político, que, como aseguraba Andrés Eloy Blanco, es oceánico, le sirve a todos y para todo – cuando, ya en el otoño de tu vida, pero apenas con 46 años, con la amargura en el corazón, gritando que habías arado en el mar, escribías esta verdad templaria: “…la destrucción de la moral pública, causa bien pronto la disolución del Estado”. Y eso, estimado Don Simón, lo estamos viviendo los venezolanos a raíz de la imposición por la ignorancia – ¿recuerdas tu sentencia de que “un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción?, ¿aquel que toma la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia?”, pues así ha sido – de un gobierno revolucionario que actuando en tu nombre, para ganarse el fervor popular, con la actitud demagógica que confiere patente de impunidad a la soberanía popular, obviando tu reflexión: “la soberanía del pueblo no es ilimitada, porque la justicia es su base y la utilidad perfecta le pone término”, procedió a la destrucción sistemática de los valores y normas que hasta entonces habían servido de dique a los desmanes del poder corrompido, que, siempre ha existido, y tú lo sabes, recordando lo que escribiste a Santander en 1827 sobre “la inicua administración de robo y rapiña que ha reinado en ese Bogotá”, pero que en estos tiempos ha puesto en riesgo la existencia misma del Estado, y me atrevo a molestarte con el cuento, estimado don Simón, porque te encargaste de dejar bien claro que: “Venezuela es el ídolo de mi corazón y Caracas es mi patria, juzgue usted cuál será mi interés por su prosperidad y engrandecimiento”, lo que significa que te es importante conocer de primera mano la situación en la cual la rastrera locura castrofílica ha sumido al ídolo de tu corazón, que tuvo la oportunidad de enrumbarse ciertamente hacia su prosperidad y engrandecimiento, sin embargo, te lo confieso,  no hubo celo en el cuidado del tejido social, y se permitió que de los estadios empobrecidos de la población brotaran millones de seres de destino incierto, sujetos a las tentaciones del facilismo derivado del parasitismo político y delictivo, con las nefastas consecuencias que fácilmente podemos inferir, sobre todo para el afianzamiento de la inescrupulosidad gobernante, que ha certificado tu predicción a Juan José Flores en noviembre de 1830: “…este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas”, con la alarmante destrucción de las posibilidades de futuro para nuestra juventud estudiosa que, tal como lo predijiste no puede “hacer otra cosa sino emigrar”, porque el país entero se ha visto sometido a un desmontaje sistemático de toda referencia de progreso, civilidad y modernidad, siguiendo instrucciones ideológicas de un proyecto históricamente fracasado, dirigido por la decrepitud mental y moral que hundió su nación en la más espantosa pobreza, lo que anuncia la barbarie que nos aguarda, concediéndote de nuevo la razón, cuando afirmaste: “…si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América”, claro te referías en ese momento a Colombia la grande, pero debo decirte que salvo Venezuela, todas las demás naciones nacidas de tu brazo y de tu pensamiento, incluyendo a la indefensa Bolivia, han logrado escapar al maligno influjo que destruye tu patria, pues solamente el actual estado  económico, social y político de Venezuela, se aproxima a tu visión apocalíptica. Y en las calles se respira el agrio olor de la barbarie, traducido en miedo, incertidumbre y resignación. Pues, la renuncia a las responsabilidades del estado por el costo político que conllevan, porque el fin último de la secta es el poder, han colocado al ciudadano de bien, al productivo y responsable, aquel que con su moral mantiene todavía algunos vestigios de civilización en la república, en la más deplorable condición de indefensión. La palabra patria es un alegato para justificar la ineficiencia y la cobardía. Y bajo su bandera se ocultan la corrupción y la traición. Las manos que izan el símbolo que ondeó en Puerto Cabello anunciando el fin del poder español en Venezuela, como tributo a tu hazaña singular, están hoy sumidas en vergüenza. Son la base de sustentación de un régimen caracterizado por el sectarismo, la coacción y la injusticia, aunado a la incompetencia y la impunidad para premiar la incondicionalidad con el enriquecimiento ilícito – ¿cuántos de estos “próceres” habrías fusilado por robarse de “diez pesos hacia arriba? – del que nada podemos esperar los hombres de mérito, pues, tal como escribiste a Santander en 1823, “no hay esperanza de justicia donde no se encuentra ni equidad ni talento para manejar los grandes negocios, y negocios de que depende la vida del Estado”. Y también la vida de la república, porque “la justicia sola es la que conserva la República”, máxima tuya que resalta tu valoración de la justicia a la que llamaste “reina de las virtudes republicanas”. Pero, a pesar de su marcha atrabiliaria, a contrapelo de tu pensamiento político, se atreven a adjetivarse “bolivarianos” mientras dilapidan las arcas de la república, contraviniendo tu mandato a Sucre en 1826: “…sobriedad absoluta en el gobierno es el único remedio”. Y, de esa manera contradictoria, te ofrendan, profanado tu nombre: Recuas de delincuentes son llevados al Panteón donde reposa tu historia. La bandera de un país esclavizado por la más larga tiranía del continente ofende tu memoria en tu sepulcro. Réplicas de tu espada, de la que te otorgó el Congreso del Perú, han sido obsequiadas a los más impresentables tiranos del mundo algunos de los cuales han perecido bajo la hoz implacable de la justicia o de la venganza de sus oprimidos. Y así, sucesivamente, estimado Don Simón. Pero a pesar de todo, seguimos tu ejemplo de amor por Venezuela y te deseamos en la voz de  millones de tus compatriotas: ¡¡Feliz cumpleaños!!


Rafael Marrón G.  –  @RafaelMarronG


 

ElColumnero.com no se hace responsable, ni se solidariza, con las opiniones o aseveraciones que realicen los colaboradores en sus artículos de opinión.

 

Columnista

Rafael Marrón G.

Rafael Marrón G.

Escritor. Columnista. Productor radial