Política Sociedad

El alma del periodismo

Rafael Marrón G.
Escrito por Rafael Marrón G.

Ante un Estado desertor, el primer sustituto social es la prensa”.  Fabio Ladetto

He tratado de explicarles a los jóvenes periodistas y estudiantes de periodismo, que su carrera no es una “consagración académica, sino  una concreción profesional”, para usar una frase feliz de Ángel Osorio y Gallardo, cuya fuente es la realidad – un periodista es un realidista –  tal como es, directamente vivida, en particular en la vida social y en el desarrollo de la historia. Por lo que al ponerse al servicio de los intereses del gobierno se corrompe, y corromperlo es el intento permanente del gobierno para que la sociedad no descubras sus pústulas. Por ello, sólo quien tenga la conciencia inteligente necesaria para, a través de la ética, fortalecer su espíritu, lo que le permitirá, por encima de cualquier tentación subalterna, indignarse con la injusticia, la indiferencia y la corrupción, será periodista. Siento pena por algunas juveniles individualidades, de escasa experiencia en el ramo, que se suman a las directrices de sus patrones gobierneros y sirven de arietes contra quienes defienden a la sociedad. El tiempo, quizá los encauzará debidamente, sino serán, desgraciadamente, la inconsciente generación de relevo del palangrismo. Y quizá jamás entiendan que el periodismo es una profesión de medios, no de resultados y que es una carrera para llevar una vida modesta y austera, pero envidiablemente digna.

El Alma del Periodismo: Ética

(“La ética debe acompañar al periodista como el zumbido al moscardón”. Gabriel García Márquez). Asumo a la ética como el compromiso del individuo con su propia historia y, por ende, con la sociedad, y a la justicia como el compromiso de la sociedad con el individuo. Ese compromiso del individuo con la sociedad, en el periodista es su deber ser e incluye la honestidad intelectual que pasa indefectiblemente por la actualización intelectual. Basado en la ética como compromiso del individuo con su propia historia y con la sociedad es necesario fundir al individuo con el periodista por la introyección del paradigma del progreso por el desarrollo del sujeto que integra la sociedad, esa fusión es un deber ontológico. No es posible un periodista que, por intereses sujetivos, partiditas, económicos o políticos, engañe a la sociedad, o se preste para engañarla bajo supuestos revolucionarios, como no puede admitirse que un periodista, en el ejercicio de sus funciones profesionales, conocedor de la historia política de la humanidad y en posesión de evidencias irrefutables sobre lo criminal de los gobiernos totalitarios y militaristas, sirva de órgano de difusión de ellos, en un estúpido ejercicio de disonancia cognitiva. Tampoco es ético un periodista desactualizado en una tribuna pública, porque confunde y deriva mensajes desactualizados en detrimento de su credibilidad, único capital sustantivo de un periodista. Y bajo la definición de ética como compromiso del individuo con su historia y con la sociedad, es que debe asumirse el periodismo como contrapoder. Por lo tanto el periodista informa y tiene clara la diferencia entre información y noticia  y debe opinar sobre la información para generar opinión pública.

Democracia

La democracia es un pacto político para evitar la tiranía, de allí que el periodismo, hasta por elemental sentido de supervivencia, debe ser un defensor de la democracia porque el Estado de Derechos es el único escenario posible para su ejercicio. Por ello el periodista es un importante componente para la perfectibilidad del sistema de libertades que englobamos bajo la definición de democracia, es decir que es en su deber ser un activista de la filosofía política, un político no partidista, porque al partidizarse deja de ser periodista.

Sencillez

El principal enemigo del periodista es el vedetismo. Un periodista que se crea noticia o actor de la noticia pierde todo cuanto pueda definirlo ante la sociedad, y suele caer fácilmente en las trampas del poder. Practicar la humildad, como capacidad de nivelarse con el interlocutor, es una virtud redituable. Y dentro de esta sencillez profesional el lenguaje no debe reflejar distancia ni asepsia quirúrgica, el lector debe sentir que el periodista también ha sido afectado por la noticia, y que le transmite esa sensación de intimidad con un lenguaje humano.

Pasión suicida por la verdad

La verdad es científica. Y en su enunciado filosófico es “ausencia de contradicciones”. Y es la realidad la que impone su sello de certificación a la verdad, no los boletines oficiales, por ello es la realidad el escenario de confrontación cotidiana donde el periodismo se ejerce y de donde emerge la verdad. No de los despachos oficiales ni de sus salas situacionales, excelente nombre para sustituir el eufemismo “oficina de prensa”, dedicadas a elaborar la publicidad del gobierno.

Espíritu de justicia

Este valor, que también llamamos equidad, y que incluye la sensibilidad, se sustenta en el sentimiento de lo que consideramos que es justo o injusto como conforme a lo que exige la justicia ideal. El periodista no es abogado ni juez. Para su percepción la justicia tiene en cuenta más el espíritu que la letra de la ley, y que puede pronunciarse a veces contra ésta última si viola el derecho natural o un derecho constitucional o si simplemente es injusta, o, según Aristóteles, “corregir la ley en la medida en que se muestra insuficiente, dado su carácter general”.

Capacidad de renuncia o fuerza interior

Si por perversiones de un momento político determinado, el compromiso de un periodista con la sociedad lo condena a la pobreza, éste debe estar dispuesto a correr ese riesgo. Su fuerza interior debe ser tal que no pueda ser doblegado por las amenazas del poder, ni represivas ni económicas. Y no hay nada que produzca más fuerza interior que la convicción de estar haciendo lo correcto. Y para estar seguro de estar haciendo lo correcto simplemente se analiza si se está dentro de los parámetros de los principios. Dentro de los principios de honestidad, verdad y libertad, todo, fuera de ellos nada.

Responsabilidad

Es la responsabilidad, en sinonimia con la honestidad, como bastión de la credibilidad del periodista, valor sustantivo de su ejercicio profesional, lo que derivará en la veracidad razonable de la información o noticia transmitida, aunque pueda estar equivocado, ya que lo verídico corresponde dilucidarlo a otras instancias y no al periodismo.

Preguntar, dudar, investigar

La única respuesta a la intención totalitaria del pensamiento único y la verdad oficial es el periodismo comprometido que pregunta, duda e investiga. Un periodista conformista que no profundice ni indague ni sospeche es un cómplice de las mentiras o medias verdades del oficialismo y por lo tanto un traidor a la sociedad. Así como la lectura debe ser hipertextual, porque cada dato de un libro nos lleva a una investigación que nos remite a otros libros, así debe serlo el periodismo comprometido. Preguntar, dudar e investigar es el mandato del periodismo.

Cultura

Adiestrar sus sentidos hacia la percepción decantada de la calidad del hacer humano es un deber de todo periodista. Un profesional inculto es fácil presa de la estridencia de lo falso.

Eficacia

Por la misma dinámica efímera de la noticia, el periodista debe ser eficaz, es decir operar de manera efectiva. No confundir con eficiente. Que la información o la noticia cumplan con su función de generar una reacción en la sociedad. El tratamiento banal de las noticias produce un letargo en las reacciones hasta hacerse “normal” lo que debería alarmar.

¿Hasta dónde la libertad de expresión?

Hasta donde el periodista quiera o pueda ejercerla, sin más compromiso que con la verdad, la libertad y la honestidad, y sin más  consecuencias que las establecidas en la constitución. En el caso de la política, el periodista tiene el deber ético de informar al público de las características de quienes pretendan ejercer la autoridad. Y también es su responsabilidad ineludible vigilar la actuación administrativa de quienes ejercen la función pública y denunciar oportunamente las desviaciones y abusos de poder, así como las violaciones a los derechos humanos cometidos por el poder. Y allí la libertad de expresión es ilimitada. Los gobiernos de tendencia totalitaria, aunque se cobijen en la democracia, propenden a imponer leyes de “desacato” que en Venezuela se llaman  de “vilipendio” para proteger a los funcionarios públicos, violando la igualdad establecida en la constitución. Por otra parte, es un crimen de lesa sociedad que un periodista descubra las inclinaciones pervertidas de un sujeto que pretenda ser alcalde o gobernador o presidente y no las revele a tiempo. El pervertido podrá demandar al periodista y ese es el único riesgo que debería amenazar a éste, pero aquel no será autoridad. La autocensura por diversas razones, entre ellas la cobardía, limita más la libertad de expresión que las leyes de desacato o que la novedosísima y totalitarísima ley del odio que nos remite a una profunda reflexión, pues si es lamentable un país que necesite héroes, cómo será uno que necesite una ley como esta, absurda por liberticida, cuya ejecución es una guillotinada a la libertad de expresión, porque es absolutamente arbitraria la posibilidad de calificar cualquier opinión política contraria a la línea gubernamental o crítica a la actitud  del liderazgo oficialista, como odio. Tendremos ahora una nueva especialidad en la abogacía, la odiología, y los odiólogos serán, por supuesto, designados por la poderosa ANC, integrada por los más conspicuos eruditos en la materia, ya que su práctica, reforzada por el resentimiento social, la fealdad moral y la ignorancia que los mantiene aferrados a la superstición, es consustancial a su ser chavista. Y no lo digo por odio, por si acaso, sino que a las pruebas me remito. ¿Verdad Iris?

Pero…

No deja de ser paradójica esta ley que les es aplicable en su totalidad a cada uno de los jerarcas del chavismo, incluyendo al difunto, y las pruebas de su odio por toda la humanidad que no les sea afín están en los archivos del mundo, pero como ellos sufren del síndrome de eternidad creen que jamás llegará el día de ajustar cuentas con la justicia, pero sí llegará, como les llegó a los gomecistas y perejimenistas, y entonces esa ley servirá, con las grabaciones de sus expresiones de odio para encarcelarlos. Escupir para arriba es otro síntoma de estupidez.  Y le juro por esta que no es odio, sino arrechera y el deseo supremo  de descoñetarle la vida a esta satrapía infame tal como ella lo ha hecho con el país. Una juez chavista dictó jurisprudencia en el caso Silva-Otero con que calificar a cualquiera de hijo´eputa es libertad de expresión. Así que esa ley del odio no es más que una hijo´eputada más de este régimen que pasará a la historia por el paludismo, la difteria, el hambre y porque la pobreza lleve sus difuntos al cementerio en el trasporte público. Sale pa´llá Maduro & Cia. Y no es por odio. Lo juro.


Rafael Marrón G.  –  @RafaelMarronG


 

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Columnista

Rafael Marrón G.

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Escritor. Columnista. Productor radial