Política

Cuando la miseria nos alcanza

Rafael Marrón G.
Escrito por Rafael Marrón G.

El amplio espacio que ocupaba una empresa comercializadora de equipos de computación y otros artilugios de alta tecnología digital, símbolo de la Ciudad pujante que teníamos, alberga hoy una harapienta venta de verduras, entre malos olores y suciedad, rodeado de indigentes y mal vivientes drogados que comen de los desperdicios despreciados por los encargados de botar la basura. Situado en Alta Vista, zona privilegiada de Puerto Ordaz, es una vitrina cáustica de nuestra miseria que hace colas de varias horas para cancelar las pocas verduras, yuca, auyama, ocumo, que pueden permitirse la pérdida del poder adquisitivo de salarios y pensiones que deambulan por los pasillos, mostrando su flacura, con dos cambures en las manos, porque no pueden permitirse el lujo de comprar las bolsas plásticas que a su disposición coloca la codicia. Los miro llegar a la caja y comenzar el calvario de sacar de la compra rubros imprescindibles, que su esperanza había seleccionado, por no tener dinero suficiente para pagarlos. Presencié la tristeza de una joven trigueña, en cuya espalda coqueta o descuidadamente descubierta, afloraba la columna vertebral, que llevaba media docena de duraznos adicionales y tuvo que devolverlos con una cierta angustia lastimera en la decisión de privarse del pequeño placer que le depararía la fruta. Cómo me hubiera gustado poder pagarle ese capricho, pero yo también formo parte de la angustia. Esa operación de reversar lo marcado en el sistema, lentifica la interminable cola que practica la deplorable paciencia que ni Job fue capaz de soportar. La miseria que se respira es agravada por los abusadores agentes de seguridad que esculcan las bolsas de los maltratados compradores, obligados a sufrir esta humillación adicional, luego del trato inhumano dispensado, para chequear que el contenido coincida con la factura pagada. No vaya a ser que la cajera no haya advertido una papa o algún tomate podrido. Es decir, que para estos comerciantes sus cajeras mal pagadas y abusadas hasta el exhausto, son ladronas o cómplices de ladrones, tal su proyección psicológica. Siento asco ante tanta miseria crematística cebada sobre gente pobre, porque ya es muy raro ver en ese mercado los otrora compradores de la clase media de sus inicios. Solo personas de la tercera edad o de extracción popular. Es la simbología del quiebre moral. Nadie reclama. Hay una espesa tranquilidad sedienta y sudorosa. Cuando mucho rompe el silencio agobiante  un “esta cola no se mueve” que denota cierto destello de desesperación. Esperanza de rebeldía. Como un aleteo moribundo. Pero es la resignación lo que marca la pauta. “Esto no es nada. Yo pasé ayer dos horas en la cola”. El proceso de adaptación a la indignidad es bíblico. Las dos cebollas más baratas bien valen tirar por la borda una vida contestataria. Uno de los logros del comunismo es que el individuo acepte la miseria como inevitable. “Si nos quitan esta feria dónde compraremos. Cada vez hay mayor escasez de negocios para abastecerse de comida, por eso no critico, ni opino ni respiro fuerte”.  Nos vamos acostumbrando. Nos sacudimos lo superfluo: orgullo, prestancia, dignidad. Para estirar los realitos. Bajamos la cabeza ante la altanería que nos puede impedir el mendrugo y permitimos que nuestra miserable compra quede expuesta al vejamen: cuatro papas, una zanahoria, una cebolla, un trocito de auyama, una ramita de perejil. Las cestas o “carritos” con cuatro o cinco artículos  – mi´ja llevamos de todo – dos zanahorias pequeñas, un pepino, una rodaja de patilla que habrá que dejar en la cesta seguramente, plasman la realidad venezolana con toda su crudeza: el poder existe en la sumisión por la supervivencia – “¡Por Dios seamos más tolerantes ante la realidad que sufrimos!”. O sea. Doblemos la cerviz y a tolerar.

La tercera edad en Venezuela está huérfana de atención

Recibo la llamada de un viejo amigo que se recupera de una costosa operación del corazón: “¿qué te parece hermano?, la ciencia me salva la vida para perderla por hambre y falta de medicinas en manos de Maduro. Me estaba resolviendo con sopas de hueso rojo, pero ahora están a 60 % de la pensión por kilo”. Es un veterano del periodismo gráfico con 85 años bien llevados. Y así, veo pasar a otro amigo periodista, que ocupó destacada posición en el escenario social. Arrastra los pies mal calzados con sandalias descosidas. La espalda encorvada y la mirada perdida en el piso. Es un fantasma enflaquecido en el cual no se advierte ni la sombra de quien fuera,  consecuencia del hambre impuesta por la maldad. Ambos reflejan la dolorosa situación que afrontan los jubilados, condenados a morir de hambre porque sus hijos no pueden ayudarlos, a ellos tampoco les alcanza lo ganado para cubrir las necesidades de sus familias. Comienzan a estorbar y la muerte es su única salida. Y hasta se lo dicen con cruel claridad: – Mejor vete muriendo que ya eres un gasto innecesario. Sobrecoge esta verdad. Los ancianos consumen calorías que los jóvenes necesitan. Pronto nos enteraremos de padres y abuelos abandonados a su suerte para que la muerte se apiade de ellos en las calles, mientras en Suecia el gobierno les asigna un sueldo para que cuiden a sus nietos. Ya los niños están muriendo o los están abandonando en orfanatos porque sus padres no pueden alimentarlos:  “una madre abandonó a su hija en una estación de El metro con una bolsa de ropa y una nota regándole a alguien que le diera de comer”. Esta es la consecuencia de la estupidez emocional que votó por Chávez, a pesar de toda la evidencia en contra. Porque la culpa es de Chávez. No hay a quién pedir ayuda. Solicitar a los sindicatos y colegios profesionales que se preocupen por sus jubilados es inútil. Ellos también están braceando para subsistir, en esto convirtió el chavismo a Venezuela. En un pueblo cuya única aspiración es comer algo para no morir, por lo menos hoy. Al desabastecimiento y la hiperinflación se une  la pútrida corrupción natural del chavismo.  No existe suficiente maldición para estos pomposos traidores a la patria, que es la gente, que no son ineficientes, son criminales.


Rafael Marrón G.  –  @RafaelMarronG


 

 

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Rafael Marrón G.

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Escritor. Columnista. Productor radial