Política

Bolívar en diez mandamientos II

Rafael Marrón G.
Escrito por Rafael Marrón G.

La praxis política del chavismo es diametralmente opuesta al pensamiento del Bolívar político que les sirve de correa de transmisión hacia el pueblo llano, comenzando por la ausencia de nobleza en el discurso preñado de ditirambos estrafalarios que los caracteriza. Si la principal preocupación de Bolívar era la educación del pueblo, basta observar la miseria que cubre el sistema educativo nacional, en todos sus niveles, incluyendo, por supuesto, el maltrato salarial al que son sometidos maestros y profesores, para inferir que no es precisamente la educación lo que le quita el sueño a este gobierno. Así que, prueba en mano, esta vulgaridad que se apoderó del país para impedir su ascenso a nación civilizada, es la antítesis del bolivarianismo histórico, como lo demuestran los siguientes mandamientos:

4 – “…El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de seguridad social y mayor suma de estabilidad política”

Muchos creen ver en este pensamiento de Bolívar  una posición utilitarista, en la que lo que priva es el resultado sin importar la vía, y por lo tanto una aceptación de las dictaduras, si eficientes económicamente, cuando es sabido que el costo en derechos violados, en terror traumático a la población  y en atraso civilizatorio, sin mencionar al elevado costo de la recuperación del humanismo, que produce esta infame forma de gobierno hoy sometida al escarnio mundial, no compensa jamás los pírricos resultados económicos que preconizan sus reaccionarios seguidores. Lo que Bolívar quiso decir en Angostura con “sistema de gobierno” fue precisamente “gobierno sistémico”, es decir, gobierno dependiente de un conjunto de normas que garanticen su eficiencia social, política y económica, para que tuviera como resultado las premisas mencionadas. Y el único sistema político capaz de producir la organización necesaria referida por Bolívar, es la democracia. Lo que sucede es que la democracia se ha definido tradicional y simplistamente, por una premisa de Montesquieu, y sin mayor revisión ni adecuación posterior a las dinámicas políticas actuales, como “gobierno del pueblo”, con lo que sirve como fachada para cualquier andamiaje tiránico sustentado por una muchedumbre desclasada seducida por la promesa de dormir comida. La definición académica no se aleja mucho de esta primera referencia y sostiene que la democracia es un “régimen político en el cual la soberanía pertenece al conjunto de los ciudadanos sin distinción, es decir, al pueblo”, y la divide en representativa, autoritaria y social, a las que se suma ahora en Venezuela, otra adjetivación divisoria impráctica, la “participativa”. La frase “régimen político” con la que se inicia esta última definición  refiere a “conjunto de reglas o normas” es decir “sistema”. Y desde este punto adelantamos una definición acorde con nuestras realidades y esperanzas, y sustentada en el enunciado de Bolívar: Democracia es el  sistema político cuyos atributos son el Estado de Derecho, la celebración de elecciones libres, periódicas y justas, un régimen plural de partidos políticos, el respeto a los derechos humanos y a las libertades plurales, especialmente la libertad de asociación y de expresión, y cuyos gobiernos están sujetos a las normas constitucionales establecidas por la ciudadanía en el libre ejercicio de su soberanía, regido por los principios capitales de la división de poderes y el equilibrio de las autoridades y consagrado a producir la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política. Esta definición elimina adjetivaciones a la democracia, quedando éstas como formas operativas de practicarla, y le impide a las tiranías que violan estos preceptos, cobijarse bajo su férula, sobre todo bajo la denominada “democracia autoritaria”, en la que supuestamente “el pueblo” delega, vitaliciamente, en un solo hombre providencial todos los poderes, como estamos sufriendo en Venezuela bajo un  gobierno dedicado a destruir la mayor suma de felicidad posible, la mayor suma de seguridad social y la mayor suma de estabilidad política.

5 – “Los hombres de luces y honrados son los que debieran fijar la opinión pública”

Este pensamiento lo plasma Bolívar en su correspondencia al general Francisco Carabaño, el 8 de octubre de 1828. En ella le expresa: “Los hombres de luces y honrados son los que debieran fijar la opinión pública. El talento sin probidad es un azote. Los intrigantes corrompen los pueblos, desprestigiando la autoridad. Ellos buscan la anarquía, la confusión, el caos, y se gozan en hacer perder a los pueblos la inocencia de sus costumbres honestas y pacificas”. Según Kant, “opinión”, que deriva del latín “opinio” que significa creencia, conjetura, “es el hecho de tener algo por verdadero con la conciencia de una insuficiencia subjetiva tanto como objetiva del juicio que así lo expresa”. Es decir, que la opinión es la creencia o toma de posición por la que el sujeto pasa de la simple impresión a la afirmación decidida pero no sometida a examen crítico. Por las características populares de la democracia en cuanto a la cuestión electoral, los demagogos han llevado al paroxismo la importancia de la “opinión pública”, al grado de considerarse el pensamiento social dominante para todas las decisiones en materia políticas, económicas, sociales, morales y hasta filosóficas, obviando el carácter emocional de la opinión pública, que suele estar influenciada por el medio ambiente, el entorno social, cultural y familiar, el carisma, el afecto, entre muchas influencias externas. Cuando Bolívar expresa que deben ser los hombres de luces los que debieran fijar la opinión pública, se está refiriendo al pensamiento, a que la opinión de los ciudadanos debe ser el producto de un ejercicio intelectual, y no de la emoción contaminante. Es necesario que la “opinión pública” se nutra del pensamiento de los “hombres de luces” porque ellos, según la definición de Kant, forman los conceptos a través del juicio, es decir, del acto del pensamiento por el cual tomamos conciencia de la relación entre las cosas o las ideas y afirmamos la verdad de dicha relación. Y el segundo requisito que exige Bolívar para un formador de opinión pública es la honradez. ¡Cuántos “líderes” políticos son simples enunciadores de valores! Usted los oye afirmar que la familia es la “célula fundamental de la sociedad”, cuando, en su vida privada, se caracterizan por el desprecio a la familia. Tienen decenas de hijos adosados al destino de la manera más irresponsable, en múltiples uniones infelices. No son honrados pero forman opinión. La verdad es la ausencia de contradicciones, y un líder debe ser paradigmático para que su ejemplo sirva de contraste a lo pervertido de la sociedad. Un líder que lo sea porque “se parece al pueblo”, cuando la realidad de ese pueblo es su desequilibrio ético, es una contradicción que revierte al “líder” en jefe de pandillas. Hay que recordar que cuando el pueblo trasciende éticamente, no necesita líderes. Y menos héroes. La voz honrado, en boca de Bolívar, es decir, de un hombre del siglo IXX, significa para nosotros “integridad”, es decir, recto, probo, intachable. Y así debe ser el político, una persona de elevados valores ciudadanos y humanos, honrado por definición, no porque no haya tenido oportunidad de robar, sin tacha pública ni privada. Conozco muchos hombres así, que se niegan a participar en la política precisamente por lo escatológico de su ejercicio actual. Siempre recordaré el sacrificio de Alirio Ugarte Pelayo, que privó a Venezuela de un líder extraordinario, que se suicida por no soportar la diatriba de sus ex compañeros de partido al manifestar públicamente su disidencia. Venezuela ofrece hoy una insuperable oportunidad para los jóvenes talentos con inclinación social, para realizar una depuración del ejercicio de la política para llevarla a su exacta dimensión como ciencia del gobierno o teoría del Estado, que los lleve a conquistar el poder para el beneficio colectivo, en todos los campos. Serán estos hombres y mujeres, provistos de conciencia inteligente, los que guiarán la opinión pública de la Venezuela del mañana.

6 – “La impunidad de los delitos hace que estos se cometan con más frecuencia, y al fin llega el caso de que el castigo no basta para reprimirlos”

El 15 de enero de 1824, El Libertador escribe al general Bartolomé Salom, con referencia a la conspiración de Quito, en la que le exige que los culpables de sedición sean juzgados por los tribunales. Y comienza su correspondencia alertándolo sobre la impunidad que hace que los delitos se cometan con más frecuencia, llegando el caso de que el castigo no basta para reprimirlos. Y en su Discurso a la Convención de Ocaña, el 29 de febrero de 1828, Bolívar insiste en atribuir a la lenidad en la aplicación de la justicia, la perversión de los pueblos: “La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los Tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad que sin fuerza no hay virtud y sin virtud perece la República. Mirad, en fin, que la anarquía destruye la libertad…”. Estos mensajes de Bolívar cobran inusual vigencia en estos tiempos de turbulencia política y delictual, en los que parece haberse desdibujado su frontera. Leo un trabajo publicado por el diario El Universal que nos informa que en Venezuela solo el 7% de los homicidios cometidos  han sido debidamente procesados y sus autores condenados. Pero si el delito es robo, hurto o estafa, la posibilidad de ser castigado se reduce al 1%. Las estadísticas señalan un aumento interanual del delito en Venezuela, entre el 11y el 15% durante los últimos 15 años. Según los estándares internacionales de seguridad, un país debe tener cinco policías por cada mil habitantes. El promedio de Venezuela es de solo tres. El informe denuncia que solamente el 2% de los policías a escala nacional son investigadores, cuando se necesita que lo sean el 25 %. Y lo más grave, mientras Colombia, Perú y Chile, destinan entre 7 y 9% de sus presupuestos para seguridad, en Venezuela solamente se destina el 2,5 %. La lucha contra la impunidad, invocando este pensamiento de Bolívar, debe ser la primera de nuestras preocupaciones ciudadanas.   Continuará


Rafael Marrón G.  –  @RafaelMarronG


 

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Rafael Marrón G.

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Escritor. Columnista. Productor radial