Política

Bolívar en diez mandamientos

Rafael Marrón G.
Escrito por Rafael Marrón G.

I

Los legisladores de aquella hora prima del histerismo de la primera revolución por decreto de la historia de la humanidad, decidieron por unanimidad, sin el menor sentido crítico, adjetivar como “bolivariana” a la República de Venezuela, sin tomarse la menor molestia en discernir sobre las obvias contradicciones con las creencias que sustentaban el nefasto proyecto de destrucción republicana que se estaba poniendo en marcha y que 18 años después presenta el previsible balance desolador de la ruina moral y física de la nación. La Constitución surgida de aquel estúpido bosque de manos alzadas con la mirada hacia su comandante, establece en su artículo 1º que “La República Bolivariana de Venezuela (…) fundamenta su patrimonio moral y sus valores de libertad, igualdad, justicia y paz internacional en la doctrina de Simón Bolívar, el Libertador”, sin que por ninguna parte se haga referencia bibliográfica a la fulana doctrina, que en realidad podemos resumir en diez mandamientos políticos, todos reñidos con la realidad derivada de la práctica del gobierno chavista, lo que conceptúa su verdad:

1 – Moral y luces son nuestras primeras necesidades

Bolívar aseguraba que el primer deber del gobierno era educar al pueblo y vigilar su comportamiento moral para fortalecerlo con instituciones adecuadas, y en Angostura lo declara: ¨… La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso. Moral y luces son los polos de una república; moral y luces son nuestras primeras necesidades¨. Este pensamiento que tiene tremenda vigencia en nuestro tiempo, debe actualizarse para ser comprendido a cabalidad por nuestra juventud. Su nuevo planteamiento debe ser: Ética, cultura y conocimiento son nuestras primeras necesidades”. Ética, porque significa y traduce el compromiso del sujeto con la sociedad, la confesión pública de su vocación ciudadana y solidaria. Escucho multitud de voces exigiendo justifica, que es el compromiso de la sociedad con el individuo, pero nadie pide ética, es decir, a nadie parece importarle su contribución particular a la decencia social. Me hace recordar la petición de un científico del pasado que pidió a los habitantes de la ciudad de Nueva York que a una hora fijada de un determinado día, a una sola voz emitieran un grito que cruzaría el espacio llegando a los habitantes de otros mundos. Ese fue el día más silente de Nueva York. Cada individuo pensó que su grito no era necesario. Que nadie notaría la falta ante tantos gritos. El silencio fue el resultado. Así, si cada uno de nosotros piensa que su particular actuación ética no es necesaria porque nadie notará su falta, el resultado es el que tenemos. El caos social. El segundo componente de esta exigencia vital es la cultura, que nada tiene que ver con aprender a tocar cuatro y a bailar joropo, es la necesaria decantación de la barbarie inherente a la naturaleza humana, para poder convivir en paz en procura del desarrollo de los talentos individuales en beneficio del bien común, que es lo que caracteriza a una nación. En Venezuela, por puntualizar, la educación ha cumplido con creces sus funciones y se hace a un lado en cuanto su responsabilidad social, que debe ser una extensión imprescindible. Demostrado está que ha fracasado en ese punto, así como han fracasado las guerras para imponer la justicia, solo a través de la cultura pudiéramos ser algún dúa una nació de personas libres, responsables y trascendentes. Y en tercer lugar, es responsabilidad de cada individuo de adquirir los conocimientos necesarios para asumir un oficio o profesión que marque su acceso al progreso por su propio desarrollo, sin intervención de Dios, del Estado o del azar. Es decir que en la medida en que cada individuo como integrante solidario de un colectivo, posea los conocimientos necesarios para ejecutar a plenitud determinado trabajo productivo que lo catapulte hacia el progreso, la sociedad, integrada de esta manera por hombres y mujeres con especificidades productivas, progresará en pleno por el acto sustantivo de la solidaridad individual. Ya Bolívar lo recalcaba cuando expresara: “Cuán superior es la suma de las luces a la suma de las riquezas”. Por eso al observar la inquietud por alfabetizar, me pregunto si no sería mejor preocuparse por “oficionar”. Por dotar a cada individuo, hombre o mujer, desde la niñez, de un oficio que le permita vivir de un trabajo decente si debe por presiones exógenas abandonar la escuela. Da tristeza mirar a jóvenes bachilleres que luego de once años de estudio carecen del mínimo conocimiento laboral sustentable. Los emigrantes italianos de la post guerra llegaron a América provistos de un oficio, eran barberos, carpinteros, albañiles, fundidores, mecánicos, panaderos, entre una gama extensa de posibilidades para ganarse la vida honestamente. Y, gracias a esa previsión política, fue menos duro el desarraigo y hasta triunfaron económica y socialmente. Demás está decir que el fracaso de la revolución chavista en esta materia es tan evidente que avergüenza al gentilicio.

2 – “Mi opinión es, legisladores, que el principio fundamental de nuestro sistema, depende inmediata y exclusivamente de la igualdad establecida y practicada en Venezuela”

Bolívar preconizaba la igualdad como la ley de las leyes, pero haciendo énfasis en la nivelación política constitucional,  por la ley, y la superación por el estudio y el trabajo, jamás defendió Bolívar la demagógica presunción de la igualdad por debajo, el igualitarismo, que tanto daño ha hecho a nuestras repúblicas, y que constituye el banal discurso de los populistas: “La verdadera igualdad no existe sino en la formación y delante de la ley que liga y comprende a todos indistintamente; premia y recompensa al virtuoso, al justo, al sabio, al valiente, al honrado, al prudente, al industrioso, al activo y al benéfico; y castiga y reprime al vicioso, al injusto, al inmoral, al cobarde, al temerario, al holgazán y al perezoso”. (…)  “Los ciudadanos de Venezuela gozan todos por la Constitución, intérprete de la naturaleza, de una perfecta igualdad política. Cuando esta igualdad no hubiese sido un dogma en Atenas, en Francia y en América, deberíamos nosotros consagrarlo para corregir la diferencia que aparentemente existe. (…) Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes de la sociedad, está sancionado por la pluralidad de los sabios; como también lo está que no todos los hombres nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos; pues todos deben practicar la virtud y no todos la practican; todos deben ser valerosos, y todos no lo son; todos deben poseer talentos, y todos no lo poseen. De aquí viene la distinción efectiva que se observa entre los individuos de la sociedad más liberalmente establecida. Si el principio de la igualdad política es generalmente reconocido, no lo es menos el de la desigualdad física y moral. La naturaleza hace a los hombres desiguales, en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esta diferencia porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social. Es una inspiración eminentemente benéfica, la reunión de todas las clases en un estado, en que la diversidad se multiplicaba en razón de la propagación de la especie. Por este solo paso se ha arrancado de raíz la cruel discordia. ¡Cuántos celos, rivalidades y odios se han evitado!¨. Bolívar, como nosotros hoy, estaba convencido de que el bienestar de las naciones no era un asunto de leyes, constituciones o programas sociales, sino de la voluntad general de los ciudadanos, y acotaba: ¨Al proponeros la división de los ciudadanos en activos y pasivos, he pretendido excitar la prosperidad nacional por las dos más grandes palancas de la industria, el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres, hacerlos honrados y felices¨. Ser igualitarista es ser anti bolivariano.

3 – “La soberanía del pueblo no es ilimitada, porque la justicia es su base y la utilidad perfecta le pone término”

Este precepto de Bolívar manifestado a Santander el 31 de diciembre de 1822, pertenece en realidad al filósofo francés Henry Benjamín Constant, que estableció los límites de la soberanía popular por la justicia y el bien común, la soberanía del pueblo no puede estar por encima de los derechos fundamentales del ciudadano. Así diga lo contrario el 100% del pueblo, sin faltar un solo hombre, mujer o niño(a), el derecho a la vida es inviolable, los derechos humanos son inalienables, la autonomía de los poderes constituyen la base de la democracia. Caro están pagando, aunque siempre será barato el precio, los confundidos criminales de pasadas dictaduras sus delitos contra la humanidad. Rousseau proponía que toda la sociedad se rigiera por leyes inexorables que expresaran la voluntad popular, para que no fuera el rey la sola persona que tuviera ese privilegio y poder, por lo tanto debían ser redactadas por el pueblo. Propugnaba Rousseau un sistema de gobierno en el que la ley estuviera por encima del hombre, un orden jurídico por el que estuvieran sometidos por igual gobernados y gobernantes. Eso es lo que llamamos democracia. Sin embargo, tenía Rousseau una gran preocupación, dada su honestidad intelectual: “¿Cómo una multitud ciega, que a menudo no sabe lo que quiere, porque rara vez sabe lo que es bueno para ella, ejecutaría por sí misma una empresa tan grande, tan difícil como un sistema de legislación?”. Continuará.


Rafael Marrón G.  –  @RafaelMarronG


 

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Escritor. Columnista. Productor radial