Política

¡Derrumbe institucional!

Miguel Bahachille
Escrito por Miguel Bahachille

Cuando los extranjeros preguntan cómo se llegó a la recurrente tensión social de Venezuela siendo un país con grandes riquezas y poseyendo las mayores reservas petroleras del mundo, la respuesta oficial atestada de jerigonzas inútiles nada aclara mientras crece la pobreza e inestabilidad institucional. Es difícil justificar cómo el país con una adestrada clase profesional, montada sobre ingentes recursos naturales, sufre el peor cuadro de miseria e inseguridad de América Latina. El más evidente muestrario del malestar general se observa en los aeropuertos con la diáspora de jóvenes que emigran buscando seguridad y estabilidad.

El hambre y la miseria no se mitigan publicitando costosos «slogans socialistas». El país decae porque la clase política que controla el Poder no sabe gobernar. En razón de ello se ha hecho experta en eludir débitos arrebujándose en un ceremonial marxista que arruina a todos por igual menos a los habientes del poder. El furor infundido por el finado se esfumó al ritmo de disipación de los dólares petroleros. La generalidad ve hoy a la revolución como un tosco ardid a merced de unos cuantos. El orden constitucional que sirve para dar viabilidad a gobiernos democráticos es ultrajado a diario para abrir paso a un modelo político letal. ¿No basta con el ejemplo cubano?

Es necesario revisar parte de la historia para repensar cómo se llegó al actual fiasco gubernativo. No obstante el difícil tejido político a la caída de Pérez Jiménez (1958), el país surgió apoyado en la noción de la libertad personal y económica. El atributo democrático comenzó a disiparse cuando Chávez, presidente, pudo vender la tesis que el derecho particular del «explotador» debía desaparecer. Que el Estado Socialista como un todo era suficiente para dotar felicidad al pobre y su entorno a través de comunas o análogas como «los Colectivos».

Habiendo aceptado la mayoría ese «fallo justiciero», los programas estatales no sólo fracasaron sino que se mercaron sin integridad y con absoluta prodigalidad. Ahora la distribución de alimentos ocurre mediante repartición ocasional de limosnas en bolsitas (CLAPS). El manejo de la riqueza petrolera que había traído enormes beneficios al país hoy se ha pervertido. Su uso dispendioso incrementa los cimas sociales notorios en cualquier poblado del país. La proclama socialista no sólo acabó con la industria privada sino que sistematizó la miseria y el ultraje a la dignidad del «patriota» que pasa horas en colas para adquirir un paquete de harina. ¿Gobierno humanista?

Volviendo atrás. Luego de décadas bajo tutela militar a lo largo del siglo XIX y parte del XX, era indefectible dar crédito a la integridad e imparcialidad de la era republicana iniciada en 1958. Fue medular la fe pública en instituciones claves. Venezuela progresó política y socialmente al asentir que el gobierno, los medios, la educación y la ciencia coexistieren por encima del choque de intereses antagónicos. El ejercicio de los poderes públicos y sus partes integrantes (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) subsistían bajo constante vigilancia. Los casos de corrupción e impudicia eran debidamente procesados por las instancias públicas atenientes a cada caso.

Hoy no es así. «Las corruptelas nada tienen que ver con el decoro endógeno de la impoluta revolución sino por alguna debilidad humana». El régimen insiste con su mesmedad socialista no obstante la enajenada moral pública. «Las creaciones políticas de Chávez» sólo han servido para eludir la rigurosidad de la condena necesaria ante cualquier impostura estatal.

La parcialidad de las actuales instituciones es evidente. La presidencia de la República, los medios oficiales, el sistema educativo y judicial están colmados de designios ideológicos al estilo cubano colocándose por encima de nuestra tradición republicana y cultural. El gobierno no dispone de más marrullerías para convencer al pueblo de su certeza benéfica. ¡Fracasó!. Por ello no se abre para competir electoralmente como lo hiciera Chávez en 1998. Todo lo demás es «cuento de camino». Así pues es deber de todo ciudadano apoyar a la oposición política para garantizar el rescate de la institucionalidad perdida.


Miguel Bahachille  –  @MiguelBM29


 

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