Cultura

El chal

Harrys Salswach
Escrito por Harrys Salswach

La madre ve andar a su hijita, todavía una bebé, fuera del barracón. Sus piernas son “dos palillos”, se tambalea de un lado a otro, algo de sol alumbra el infierno gélido aquella mañana. Magda es solo un saco de huesos, su madre, Rosa, ha logrado mantenerla con vida envuelta en un chal cuyo olor a saliva y leche lo percibe como aroma a almendras. Esa mañana será la última de Magda. El chal se ha perdido y Magda lo busca. Rosa no puede hacer nada, la luz que descubre a su enjuta y famélica hija la sentencia a muerte. Irá a dar al alambrado eléctrico del campo de concentración ante la mirada helada de los guardias y el grito ahogado de la madre.

La escritora judía norteamericana Cynthia Ozick (Nueva York) ha hilvanado un par de relatos conmovedores que ahora se publican juntos y conforman una novela breve que se lee una y otra vez con un grito mudo en el ánimo. El chal (Lumen, 2016) es la historia de Rosa, la madre de Magda, y también de Stella, la sobrina de Rosa que hace más de treinta años le arrebató el chal a la pequeña por recelo, adelantando lo que sería una muerte segura. Es sabido que en los campos de concentración los nacionalsocialistas lanzaban a los bebés a los alambres de espino electrificado y que muchos hombres y mujeres encontraron en esos hilos de metal una muerte por mano propia antes de ser asesinados por sus captores. El chal sobrevivió. Consecuentemente, Magda también.

Rosa es un personaje fascinante y complejo. Entrañable y perturbador. Los seres humanos suelen relacionarse con las cosas asignándoles valor y paradójicamente, en un mundo repleto de ellas, las mismas son reemplazables, prescindibles, como si el aprecio fuese susceptible a las leyes de la obsolescencia. Los objetos tienen precio y el ser humano puede otorgarles una significación mayor, puede apreciarlos. Es justamente lo que hace Rosa cuando décadas después de haber sobrevivido a Auschwitz-Birkenau, Stella, convertida en psicóloga, le envía lo que ella llama “fetiche”: el chal con el que cubría a la enjuta Magda. Rosa es una sombra de sí misma, es un ser humano en el que el tiempo no ha podido sucederse, se ha suspendido, se ha contraído en su existencia. En una de las cartas que Rosa le escribe a su hija, a la que imagina viva como profesora de filosofía griega en la Universidad de Columbia (el amor y el dolor han hecho que el recuerdo de lo que nunca sucedió se manifieste como una verdad incontrovertible que se siente, se huele, se escucha, una ficción orgánica desde la que Rosa bordea la locura y es contenida por el alambre de espino de la realidad) le dice: “(…) toda la filosofía se arraiga en el sufrimiento por el paso del tiempo”.

Un lugar sin piedad. El hambre

La prosa de Ozick (la que puede apreciarse en la hermosa traducción de Eugenia Vázquez Nacarino) es elegante, sobria, contenida; la sutileza hace que la ironía sea filosa sin ser descarnada, y el humor ataja la sensiblería. Esta edición la acompaña las acuarelas de Óscar Astromujoff que ha hecho con su pincel lo que Ozick hace con su pluma: ha recreado la desolación. Ha ensombrecido la luz. Todo en esta novela tiene un significado grave, cada objeto es sustancial a la historia, y contiene la Historia, la del exterminio.

Lo que rodea a Rosa, lo que toca, mira, siente, se carga de su dolor, tristeza y desesperanza. Cómo soportar su propia supervivencia. Sobrevivir a Magda, la necesita viva. Lo que la contiene en plenitud, como si no hubiese sido mortaja sino manta, es el chal. Hay objetos que concentran una vida, un tiempo, una época. El chal es Magda, y a su vez, la materialización de la ideología genocida, prueba del amor y del odio entre los hombres. Esa tensión es irresoluble.

El chal es el hambre lograda. El chal es muerte y lo único que hace que Magda siga viva en el pasado que es el presente de Rosa siempre. Quizás por eso para ella no hay un después. El chal ha detenido el tiempo. Rosa camina por las largas, soleadas y vaciadas calles de Miami arrastrando sus recuerdos, ella es solo pasado, ella es solo el recuerdo de Magda. Vive cada día como en los barracones: “Stella no menstruaba. Rosa no menstruaba. Rosa estaba hambrienta, pero a la vez no lo estaba; aprendió de Magda a beber el sabor de un dedo en la boca. Estaban en un lugar sin piedad, toda la piedad de Rosa quedó aniquilada, miraba los huesos de Stella sin piedad. Estaba segura de que Stella esperaba que Magda muriera para hincarle el diente a sus pequeños muslos”.

El Mal y el destierro

Las migraciones, a veces, son huidas. En la diáspora judía durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en el destino más común de muchos. No era de extrañar que un polaco de Varsovia se paseara por las playas de Miami. El Mal no suele ocuparse del destierro, es un sucedáneo, como si fuese indulgente con sus sobrevivientes, como si supiera que parte de él se irá con ellos. Rosa Lublin y su sobrina no llegan a Florida. Se han instalado en Nueva York hace ya muchos años. Es Rosa quien, destruyendo su propia tienda de antigüedades, decide irse a Miami. Stella le envía el poco dinero que tiene. Le debe la vida. O quizás más de una. Rosa Lublin vive en un piso ruinoso, oscuro, sucio y maloliente. En realidad ella no vive ahí, ha dejado de vivir en cualquier lugar: “(…) si todo lo que tienes son pensamientos, es ahí donde vives”. Ella no ha tenido un después.

Pero hay otro tiempo que Rosa deja fluir. El de la escritura, el que le permite seguir estando con su hija Magda. Escribirle cartas es saberla viva y es “como quitar un grillete de la lengua” al redactarlas en polaco, “una inmersión en la lengua viva”. Porque Rosa no siguió la vida como Stella, como muchos otros, para ella la vida ya no es: “La vida de antes es nuestra vida real, en casa, donde nacimos”. El destierro, la muerte, la interrupción del curso de la vida, el aniquilamiento de seres humanos en nombre de un mundo mejor vacía a los hombres de significado, sustrae de ellos el hálito vital y es entonces cuando caminan, hambrientos de alimento y espíritu, tambaleándose hacia el alambre de espino del inconsolable sinsentido de la existencia. En ese estado, cualquier objeto que reavive la memoria de tiempos pasados, anteriores al advenimiento del Paraíso prometido, será el azogue de las esperanzas perdidas.


Harrys Salswach


 

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Columnista

Harrys Salswach

Harrys Salswach

Licenciado en Letras y Filosofía. Editor y productor editorial. Columnista de Contrapunto.com y Viceversa Magazine. Colaborador del Papel Literario de El Nacional, la revista El Librero.