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El rol de la Iglesia frente a la revolución bolivariana

Harold A. Sarracino
Escrito por Harold A. Sarracino

“El Job moderno tiene grandes poemas que escribir. Y estos poemas no serán leídos sino por el corazón de Dios. ¿Tiene la Iglesia el coraje de ser el corazón de Dios en este momento de la Historia? ”.

Cardenal Arns, Brasil

Amo a la Iglesia Católica porque ella es más que el clero, que es su jerarquía. La amo porque tengo la convicción de que ella es el cuerpo de Cristo, del cual formamos parte todos los bautizados. Soy de esos cristianos cada vez más raros que a los quince años que se convirtió al catolicismo, después de haber crecido siendo Testigo de Jehová.

A la Iglesia Católica le debo enteramente mi educación: primero porque soy un orgulloso egresado de “Fe y Alegría” y, segundo, porque también lo soy de la Universidad Católica “Andrés Bello” sin cuya ayuda financiera jamás habría logrado obtener el título de Abogado. La medalla de graduación que otros guardan como recuerdo del esfuerzo y de las noches en vela durante los años de estudio, aún cuelga de la imagen de madera que de la Virgen María está en la capilla, y ante la cual rezaba todos los días para que me fuera bien, tanto en los estudios como en el ejercicio de la carrera que emprendería luego.

A la Iglesia le debo el haberme enseñado a desarrollar el pensamiento crítico y humanista, así como una visión de conjunto y de largo plazo. Durante años participé en diferentes apostolados en el seno de la Iglesia, convencido, a pesar de mis múltiples, inevitables y humanos errores, que hacía lo mejor. Participé en grupos de oración, dos grupos de jóvenes, convivencias, retiros espirituales, varios eventos llamados “Un canto a Jesús”, misiones evangelizadoras; estudié algo de exégesis bíblica, y pare usted de contar.

Fui expulsado de un grupo de jóvenes por haberme atrevido a decir que nuestras acciones no se correspondían con nuestras palabras; bajo el argumento de que los catequistas debían obedecer y actuar, se me excluyó de un grupo de catequesis cuando abrí la boca para decir que todos podíamos aportar nuevas ideas para enseñar mejor a los niños; con los años un sacerdote intentó violarme sin que pudiera lograrlo y aun así he seguido defendiendo a la Iglesia cuando la atacan frente a mí, porque tengo la convicción de que no puede juzgarse el estado de todo un barril de manzanas porque algunas estén podridas.

Mi intención no es denigrar a la Iglesia, de la que, repito, formo y formaré parte mientras pueda. Pero después de haber visto esta semana las fotos del Nuncio Apostólico en la fiesta de matrimonio de Calixto Ortega, y de haber visto, además, las fotos de su presencia en la memoria y cuenta de la Presidencia ante el Tribunal Supremo de Justicia, es evidente que la jerarquía católica en Venezuela debe reflexionar.

¿Pero por qué? Porque la revolución bolivariana a cuyo representante el Nuncio aplaude y a cuyas fiestas el Nuncio asiste, ha traído opresión, muerte, injusticia y miseria a Venezuela. Dios, por el contrario, se revela al hombre como liberador de los oprimidos y defensor de los pobres, pobres que hoy son la inmensa mayoría de los venezolanos. A Dios se le encuentra solamente en el sendero de la justicia. El Dios vivo no es un Dios de rezos e incienso. A Dios no le placen los sacrificios sino la misericordia y la justicia de los olvidados –que en Venezuela son cada vez más-. Sí, es cierto que el primer mandato de Dios es amar hasta a los enemigos, pero el verdadero amor presupone justicia y ésta consiste en el reconocimiento de la dignidad y los derechos del prójimo, cosa que la revolución bolivariana está lejos de hacer.

Para muestra un botón: Hoy –en Venezuela- el papá de una amiga lloró al recibir de ella –inmigrante en Canadá- un cepillo de dientes, un paquete de Harina Pan, jabón para bañarse, pasta dental, desodorante, azúcar, café, pasta y sardinas, entre otros artículos de consumo diario, porque él, después de haberla criado, ahora depende de lo que ella desde el extranjero pueda enviarle, simplemente, porque en Venezuela ya no se consigue.

Es hora de reflexionar, señores de la jerarquía católica venezolana, y denunciar la situación de injusticia y de opresión que viven los venezolanos; no de ir a fiestas de opresores ni de aplaudir a tiranos.


Harold A. Sarracino  –  @MarcusStoicus


              

 

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Columnista

Harold A. Sarracino

Harold A. Sarracino

Abogado. Postgrado en Derecho Financiero. Venezolano en Canadá.