Política

La importancia del buen lenguaje I

Criterio de Lectores

Todo análisis que se hace de las calamidades de Venezuela llega al final a ciertas causas medulares, fundamentales, absolutamente básicas. Pudiera decirse que hay una particularmente importante porque afecta al todo: la buena educación (entiéndase como buena aquella que prepara al individuo para contribuir con el crecimiento y mejoramiento continuos de la sociedad en la que se desenvuelve… o al menos no obstaculizar tal progreso!). Un signo distintivo de una buena educación es el lenguaje y su utilización, y no me refiero a un lenguaje académico, exquisito, clasicista, sino al uso de términos con un significado correcto e inequívoco; que no abuse de los comodines (vaina, cosa…) ni de las malas palabras (@%%, %%&”, etc). A propósito de esto quiero aquí comentar, a manera de ejemplo, dos palabras que se han hecho de uso común en los últimos meses y que me temo no todos las entendemos de la misma manera. Me refiero a “diálogo” y “negociación”. A ver:

Diálogo se puede definir como “Conversación entre dos o más personas que exponen sus ideas y comentarios de forma alternativa.” Tal intercambio de ideas, opiniones y comentarios no pretende otra cosa que exponer la posición de cada quien en cuanto al tema que se trata. No hay la meta, el objetivo, de llegar a un acuerdo entre las partes sino simplemente compartir lo que cada quien piensa. El beneficio del diálogo es que al contrastar lo que pensamos con lo que piensan los demás podemos confirmar nuestras ideas o modificarlas a la luz de lo que otros expresan y que reconocemos como más acertadas, convenientes o adecuadas. Un encuentro entre caraquistas y magallaneros, por muy acalorado que sea, es un diálogo. En el mismo, ninguno de los participantes trata de convencer a los contrarios a pasarse de bando. Se dicen, desdicen, comparten, se burlan, se rien y al final cada quien se va contento con su afición, pagan las cervecitas y acuerdan un futuro encuentro (diálogo).

Por otro lado, una negociación se puede definir como “Un proceso de intercambio de información y compromisos en el cuál dos o más partes, que tienen intereses comunes y otros divergentes, intentan llegar a un acuerdo. La negociación es un proceso en donde los agentes interesados en llegar a un acuerdo sobre un asunto en particular, intercambian información, promesas y aceptan compromisos formales. Esta definición/descripción (subrayados míos) me parece muy acertada porque hace énfasis en dos aspectos cruciales de una negociación: la intención de llegar a un acuerdo y la asunción de compromisos formales. La primera clave: al sentarse a la mesa se asume que ambas partes tienen la intención, la expectativa, de llegar a algún tipo de acuerdo. De no ser así, por una o más de las partes, la negociación fracasará y solo servirá para desperdiciar (o ganar) tiempo. Con la segunda clave sucederá lo mismo si los compromisos asumidos en la mesa se incumplen.

Pero, además, vale la pena ahondar en algunas de las premisas de una negociación tal como se la entiende modernamente. Hasta la década de los 80, más o menos, se entendía que una negociación era, fundamentalmente, una contienda de uno contra otro. Necesariamente habría un ganador y un perdedor. Se calificaba el proceso como de “ganar-perder”. El problema con esto es que los perdedores no siempre eran buenos perdedores y el proceso dejaba una secuela que podía estar aliñada con revanchismo y “cuentas por cobrar”. Con el tiempo los investigadores de las ciencias gerenciales observaron que, en el contexto de negociadores de buena fe, mucho mejor era una negociación que culminase con la satisfacción de ambas partes aún cuando ninguna hubiera obtenido todo lo que aspiraba pero resolvía en buena parte su problema. Se retiraba mejor que cuando llegó. A esto se le conoce como un proceso “ganar-ganar”. Pero las cosas no siempre, casi nunca, son tan fáciles ni “de librito”.

Primeramente, para que una negociación resulte exitosa hay que partir de la base de que las partes llegan de buena fe y con la intención de resolver. Si no, el proceso será una pérdida de tiempo (aunque ojo: esa pudiera ser la intención, pero entonces no se estaría dando la premisa de la buena fe). Luego hay que entender que para negociar hay que prepararse muy bien. Mientras más complejo sea el tema a discutir, más preparación será necesaria (el tema político se caracteriza por su alta complejidad). Las partes habrán de recabar toda la información posible sobre las presuntas aspiraciones de la contraparte, sus escenarios, las consecuencias de estos, los intereses más allá de los objetivos (los intereses generalmente son cartas que no se juegan o exponen), posibles cartas bajo la manga, los estilos y jerarquías de los negociadores, quiénes son los verdaderos decisores, las fuerzas verdaderas que motorizan la posición de la contraparte, los actores externos que también meten su mano (peluda?) en el caldo, y algunos otros factores particulares de la materia en cuestión. Con base en todo esto las partes definirán, cada una por su lado, un plan que comprenda: puntos no negociables, puntos negociables y puntos que no ameritan discusión. En cuanto a los negociables cabe destacar que no se debe hablar de ceder sino de intercambiar: “te concedo esto a cambio de aquello.” Ceder suena a rendición; intercambiar a dando y dando… Un escenario siempre presente es que no se llegue a ningún acuerdo. Boto tierrita y no juego más

Un aspecto no menos importante y que decididamente influye en la estrategia a seguir en una negociación es el músculo que sustenta a cada parte. En una negociación política, por ejemplo, el poder de la fuerza bruta (control de los poderes, fuerzas armadas y policías, tribunales, economía, etc.) condiciona totalmente el enfoque y estrategia de la contraparte opositora. En una negociación comercial el músculo viene dado por la fortaleza financiera y de mercado.

Con todo lo anterior en mente tenemos suficiente como para entrarle a lo que ha generado en las redes sociales y demás medios tanta popularidad de las palabras diálogo y negociación. Se puede concluir que aunque son cercanos sus significados, sus alcances son muy distintos. No hay que temerle a la negociación pero sí a una mala preparación. Al evaluar sin suficiente información fidedigna en mano debemos ser cuidadosos al pasar juicio pues lo que pudiéramos estar haciendo -sin intención, o como dice el Chavo, “sin querer queriendo…” es debilitar a una parte frente a la otra.

Edmundo Dantes – @montecristo1814

 

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