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“El arte y el tiempo” por @perezlopresti

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Es difícil no terminar haciendo entomología social. Producto del más rebuscado ejercicio de mezcolanzas étnicas, un ser vivo como yo tal vez solo puede surgir en Venezuela. De una familia de académicos y artistas, no es raro que haya abrigado en el estudio y el cultivo por la escritura dos reductos pasionales en donde me he desarrollado como persona y entiendo que solo un país como el nuestro pudo brindarme tan valiosas oportunidades.

Cada reflexión acerca de logros en comunidad tiende a conducirme hacia el camino de lo artístico. El arte es parte trascendente del individuo en cuanto tiene potencial capacidad de expandir sus elementos más profundos, pues, a fin de cuentas, lo artístico es una dimensión de lo humano a través de la cual se intenta depurar el ser. El arte surge como una cruzada por decantar lo más puro de la persona en una apuesta por universalizar lo discursivo, elevándolo al punto de hacerlo trascendente y para que esa trascendencia se concrete, el sentimiento y lo emocional debe adquirir un aspecto tangible.

Dicho de otra manera: La cosificación de la sensibilidad es lo que llamamos arte. De ahí que para poder materializar cualquier propuesta artística se debe cultivar aspectos técnicos que en la mayoría de los casos le son ajenos a quien se deleita o contempla la obra. Escritores, músicos, pintores y afines, hacemos del cultivo de la pericia el pan de cada día. Adquirir las mejores pinturas para la acuarela, comprar y probar las cuerdas para una guitarra o tener a la mano el diccionario de la Real Academia Española forman parte de los estantes del taller tras bastidores de cualquier artista.

Cuando se aprecia una obra, la persona que la valora moviliza su mundo interior sobre la misma. Si no hay movilización sentimental sobre aquello que se contempla, simplemente no hay resonancia en el observador. Pero cuando el mundo interior de quien aprecia lo artístico se mueve, entonces el arte ha sido consumado en su propósito de trascendencia. Cada vez que evocamos a un artista o su obra, literalmente lo revivimos y lo impulsamos en función de futuro. Arthur Shopenhauer usa la palabra “sublimación” para referirse a la elevación de la energía hasta transformarla en lo que conocemos como arte, luego la toma el psicoanálisis para darle carácter conceptual a la producción.

A la par de los innumerables trabajos periodísticos y de historiadores que dedican largas horas en interpretar las consecuencias propias de los hechos, una innumerable cantidad de ciudadanos hemos dejado constancia de los agitados días por los que ha transitado la República en estos tiempos. No se trata de un acto ajeno a la emotividad, razón por la cual, en las páginas de la prensa nacional, tanto de los grandes medios como de las planas digitales, se va tejiendo un registro diario de una época absolutamente inédita e incomparable. Eso también se expresa en todos los géneros artísticos. Hacer teatro en el siglo XXI puede ser más retador que en cualquier otro tiempo. El género así lo exige, pero quien va a una función se hace más demandante cada día.

Varias generaciones de venezolanos que solemos tener la disciplina de la escritura hemos realizado un importante esfuerzo en documentar el día a día de lo que ha venido pasando en nuestra contemporaneidad. Nos tocó el tiempo en que vivimos y no aceptar ser un cronista de cuanto nos circunda sería no entender la magnitud de los cambios que están ocurriendo en la Venezuela del presente.

Este esfuerzo, que requiere de mucha energía, claridad mental y propósito definido, une en sus fines a personas de los más distintos orígenes y de las formaciones más diversas, que en realidad reflejan una sola cosa: la infinita preocupación e interés por cuanto está sucediendo y los enrevesados esfuerzos por tratar de darle un carácter resolutivo a lo que padecemos. Desde el lirismo taciturno hasta la más abrumadora épica, son los niveles propios de la comunicación que tiene en su seno desesperación y estoicismo perfectamente documentados. Todo desde la más llana subjetividad de quien padece en carne propia el cambio de los elementos básicos fundacionales de Venezuela.

Ni siquiera la aparición del petróleo tiene las implicaciones sociológicas y psicológicas que posee la presencia del actual sistema de gobierno y sus históricas características. Desde la queja impenetrable hasta el acto de darle fantástica solución a lo que vivimos, todo está siendo registrado en una suerte de crónica colectiva de carácter masiva relacionada con el tiempo que nos corresponde. Con dos elementos particularmente inéditos: 1. Estamos en la era de la informática y las comunicaciones, por lo que la posibilidad de transmitir los mensajes es exponencial. 2. El nivel de formación intelectual de grupos enormes de quienes escriben o se expresan artísticamente en nuestro país difícilmente podrá ser comparado con el de otros lugares en donde la historia ha sido dura con los hombres.


Alirio Pérez Lo Presti  –  @perezlopresti


 

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