Política

Palabra de guerra

Antonio Rivas
Escrito por Antonio Rivas

Más se inician las guerras por la manipulación de la injusticia que por la injusticia misma. Cuando una verdad individualizada se utiliza para generalizar el odio a un grupo de personas, se propicia el caldo de cultivo para la violencia y la espiral de retaliaciones que conduce a las guerras. Un claro ejemplo de eso es la inmigración ilegal, debate que se reaviva a raíz de la carrera presidencial en los EEUU y las posturas de un candidato en particular.

Es un hecho que la inmigración ilegal es, ni más ni menos que eso, ilegal. Los procesos para la inmigración controlada son un derecho de cada país, y quien no los cumple está indiscutiblemente al margen de la ley. Más aun, los que inmigran ilegalmente en un país no solo están cometiendo una falta contra el mismo sino también una injusticia flagrante contra los que optaron por cumplir —y costear— con todos los trámites establecidos por la ley para tal proceso. De manera que cuando Donald Trump en su ácido discurso ataca la inmigración ilegal en EEUU —apartando las formas por un momento—, pues, tiene razón. El piso legal sostiene sus afirmaciones.

El problema es, sin embargo, cuando generaliza en “los mexicanos” o “los hispanos” y prosigue con calificativos como “narcotraficantes”, “prostitutas”, “ladrones”, etc., pues torna una falta de individuos en una culpa colectiva. Lo que ocurre a continuación es ciertamente paradójico: si bien se mantiene el piso legal del discurso, se pierde el piso moral del mismo; y empero, los seguidores se creen en ese momento con la autoridad moral para atacar y humillar al grupo marginado, en su totalidad, y sin distinción, pues se sienten empoderados en el “nosotros” (los justos) contra el “ellos” (la amenaza). En ese momento se activa la bomba.

En un mundo de justicia si un inmigrante llamado José Chang comente un delito, la justicia tomará acciones contra José Chang. En un mundo de manipulación de la injusticia, convenientemente se decidirá si hablar de los inmigrantes, de los hispanos o de los chinos. Así se tienen tristes e innumerables ejemplos en “los negros”, “los judíos”, “los gringos”, “los escuálidos”, “los musulmanes”, “los pobres”, “los ricos”, “los gays”, y toda forma de asociación colectiva que se use para atacar a un grupo con una característica común en función de las faltas cometidas por individuos de tal característica.

Estos discursos en boca de líderes influyentes son extremadamente peligrosos. Se necesita mucha cordura, sentido común y grandeza de espíritu para hacer planteamientos de justicia sin generalizar ataques. Nelson Mandela, por ejemplo, es la personificación de tal grandeza. Lo contrario es fomentar la violencia y la división. Más temprano que tarde, los discursos de los líderes se convierten en discusiones en la calle; un insulto de más provocará acciones físicas; una agresión física se tornará en una agresión más fuerte. Y antes de poder detenerlos, los monstruos de la discordia, la violencia y la venganza se alimentarán a sí mismo en el auto-convencimiento de “mi líder tenía razón, hay que acabar con esta gente o nos terminarán matando”.

No se puede pedir a la gente que tenga la capacidad de discernimiento que los líderes no muestran. Debe nacer de ellos, y de los medios masivos, fomentar la tolerancia y no caer en la manipulación que solo complace a los vendedores de armas.


Antonio Rivas  –  @AntonioERivasR


 

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Columnista

Antonio Rivas

Antonio Rivas

Ingeniero de Producción USB. Venezolano en Panamá.