Política

La extraña no-muerte del neoliberalismo

Ángel Arellano
Escrito por Ángel Arellano

En Venezuela, la “derecha” quedó segregada del espectro político y del imaginario colectivo. Tanto es así que hoy, 17 años después del inicio de la Revolución Bolivariana, no existe un partido que se declare abiertamente de derecha, liberal o conservador. El progresismo (“socialismo”) de la izquierda quedó instalado en la subjetividad política, un lugar donde ni los economistas ni los analistas tienen injerencia.

No obstante, el liberalismo no está liquidado. Ante la imposición de la oscuridad la reacción popular se ha caracterizado por reclamar diversidad y respeto a la disidencia.

La política de los sistemas democráticos más sólidos del mundo como el estadounidense, el alemán o el de los países nórdicos, ha sido lo suficientemente flexible como para que las ideas dominantes coexistan con otras ideologías y enfoques políticos. Lo opuesto sucedió en el comunismo soviético u otros episodios totalitarios. Las banderas que propagaron el mensaje del socialismo posible terminaron siendo escenas dramáticas colmadas de censura y miedo.

En el ensayo “La extraña no-muerte del neoliberalismo” (Capital Intelectual, 2012), Colin Crouch nos introduce en lo que denomina la “sorprendente supervivencia del neoliberalismo” ante fenómenos ideológicos rupturistas:

“Nunca podemos saber si un conjunto particular de ideas contiene todas las respuestas correctas; aun si hoy las tuviera podría no estar equipado para enfrentar los desafíos inesperados de mañana. Las doctrinas monolíticas que están seguras de tener el monopolio de la sabiduría y que aplastan toda oposición por lo general terminan por ser confrontadas por desafíos para los que no tienen respuestas en su repertorio”.

            La corriente de gobiernos de izquierda progresista que ascendió al poder en la región a principio de siglo y que hoy vive un declive dramático, se ha caracterizado por promover la censura y la represión en coherencia con el socialismo posible de antaño. En un intento por presentarse como la reserva moral de América Latina los redentores incurrieron una y otra vez en actuaciones autoritarias mientras a la par arremetían contra la disidencia, muchas veces calificada como “neoliberal” en discursos llenos de radicalismo pero sostenidos pobremente por los resultados de las gestiones de gobierno que terminaron echándolos del poder.

            La izquierda, en su intento poco modesto por gobernar la región, obvió el diálogo interpartidario y la inclusión de la disidencia, lo que tanto criticaron durante años precedentes a su ascenso.

            Hoy el objetivo es hablar de un nuevo “Plan Cóndor”, como refirió la ex presidenta argentina Cristina Fernández. En la misma línea suenan los destemplados mensajes de Nicolás Maduro, Rafael Correa, Evo Morales, Lula da Silva y el hoy flamante dictador de Nicaragua, Daniel Ortega. Todos son parte de la mezcla que retrata el ocaso de una temporada de ingresos superavitarios que terminaron despilfarrados como antesala a una nueva situación de embotellamiento económico.

            En su momento estelar, con todas las cámaras y micrófonos disponibles, y el viento muy a su favor, los gobiernos progresistas concentraron su atención en prácticas autoritarias que dieron paso al descenso de su influencia. Un descenso que aún no termina, pero que se acerca a su final.

            En contraposición, el neoliberalismo retorna. Nunca estuvo muerto. 


Ángel Arellano  –  @angelarellano


 

 

ElColumnero.com no se hace responsable, ni se solidariza, con las opiniones o aseveraciones que realicen los colaboradores en sus artículos de opinión.

 

Columnista

Ángel Arellano

Ángel Arellano

Lic. en Comunicación Social (USM). Maestría en Estudios Políticos y de Gobierno (UNIMET). Relacionista público. Profesor universitario.